Aquel viejo descampado

Seis años de ausencia cursando mis estudios en la Universidad fueron suficientes para que todo a mi vuelta estuviese cambiado. A pasos agigantados la ciudad se acercaba a aquel viejo descampado en el que, como seña de lo que creía amor, por primera vez te regalé una de esas tantas amapolas que allí abundaban, era de color rojo, mi preferida, y con el pasar de los años, la tuya.

Recuerdo que aquella mañana de sábado, como de costumbre, habías quedado con Luis, aquel chico de ojos grandes y melena rubia que tanto te gustaba. Sin embargo, y aún me felicito por ello, decidiste acompañarme a coger caracoles, sólo el detalle de cambiar tu rutina y regalarme aquel momento fue merecedor de esa flor salvaje que selló el inicio de nuestra aventura amorosa.

Había un cartel que anunciaba una obra inminente sobre aquel terreno y, cuando mis ojos alcanzaron a leerlo, quedé en estado de shock. Un fuerte escalofrío corrió por mi cuerpo, di media vuelta y volví a mi casa deseando que aquello fuera un sueño.

A los pocos días volví a la Universidad para presentar mi proyecto de fin de carrera y reencontrarme contigo, fui incapaz de decirte nada de lo que había visto, ¿Cómo era posible que a ritmo de vértigo nuestro pueblo había crecido alcanzando aquel lugar tan emblemático y simbólico para nosotros?. Seis meses después regresamos y juntos fuimos testigos de que, donde antes había un descampado lleno de amapolas, ahora descansaba un restaurante de comida casera.

Pasaron varios meses hasta que decidimos un día adentrarnos en el restaurante con el fin de hablar con el dueño y sacarnos esa espina que teníamos clavada en nuestro ser. Cual fue nuestra sorpresa que, a pocos metros de la entrada, precedido de una docena de gerberas y lilium, había un pequeño jardín que conservaba intacto nuestro rincón favorito en el que relucían nuestras amadas amapolas rojas.

Sin pensarlo dos veces decidimos cenar allí, el Maître, sin apenas mediar palabra con nosotros, nos acompañó a un reservado al fondo del restaurante. Del techo, en una maceta de alambre trenzado, colgaba un helecho con algunas hojas ya secas sobre el que revoloteaba una hermosa mariposa. En una de las esquinas había una destiladera de madera muy parecida a la que tenían tus padres, eran muchos los detalles que me recordaban a uno de los rincones de tu casa. En un abrir y cerrar de ojos nos estaban sirviendo la cena, no habíamos pedido nada, pero nos dejamos envolver por la magia del momento y por la exquisitez con la que nos atendían. Unos trozos de queso típico junto con unas frutas secas, fueron el preludio del caldero que descansaba sobre la mesa, lleno del caldo de millo con garbanzos que venía a continuación, tu comida favorita, todo ello acompañado de un buen vino blanco de la tierra y presentado con buen gusto y cariño. El postre, una sencilla tarta de chocolate con galletas que tanto te gustaba, puso la guinda a esa inesperada velada. A través de la ventana tímidamente se asomaba la luna, y dejándonos llevar por la emoción, aquella madrugada decidimos casarnos.

A esa noche le acompañaron muchas noches cargadas de increíbles sorpresas, cada una tan especial o más que la primera. Por nuestros ojos pasaban platos y vasos metálicos antiguos, cubiertos de plata de tus abuelos, servilletas de tela bordadas por tu madre, y un sinfín de objetos que no alcanzábamos a saber de que manera habían llegado allí, y que ninguno de los camareros nos sabían decir.

Pasaron cinco años hasta que decidí volver allí sin ti, ese día celebraríamos nuestras bodas de oro, compartí aquel momento con nuestro hijo Carlos, su mujer Marta y nuestras nietas Patricia y Lucía, quienes hacían bolitas con las migas del pan de horno de leña para guerrear entre ellas. La delicia de los platos que allí nos servían y su compañía, fueron el mejor regalo para tenerte presente .

Cuando llegó el momento de la sobremesa, y ensombreciendo la luz que entraba por la puerta, apareció el cocinero y a su vez dueño de aquel restaurante, era un hombre con ojos grandes y una gran melena de pelo cano, era Luis, se acercó a mi, me abrazó, y dándome las gracias por lo feliz que te había hecho, me susurró al oído… …”yo también la amaba”.

Toñín Domínguez Torres

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