Relato de Nieves de León

Bien es sabido, que agradezco una buena comida, que saboreo una buena carne, un delicado entrante, un postre poco dulce, que me gusta hacer boca con un Martini y continuar con un vino suave,! Pero, que me perdone Dios si puede!, que aun teniendo la mesa cubierta con las mejores viandas y los mejores caldos , y compartir a su vez esta con los mejores amigos o el mejor de los amantes, al entrar en un restaurante, sentarme en una silla y acercarme a la mesa, necesito una sonrisa, un gesto agradable, una mirada, necesito a alguien que me atienda y que me quiera, que me quiera tener en esa silla, la misma que yo he acercado a su mesa para comer. No se va a sentar al otro lado, no compartirá mi conversación, pero estará conmigo.

Es el camarero, el maître, el sumiller, es la persona. Para mí es simplemente quien me mira y se acerca, quien se acerca y me adivina, ¿otro Martini? ¿Un vino? Mi respuesta, mi sonrisa y mi billete de vuelta.

No es el que me adula o el que fuerza, no teatraliza, ni finge es el que conoce su trabajo y casi siempre lo disfruta, es el que valora mi presencia, y lo transmite.

Para mí es como el clavo que da sabor a la comida. Se pone, se quita, se sirve y está, es esas gotitas de limón que me gustan con el Martini, imperceptibles casi, pero están.

Bien es cierto que su magia está porque estoy yo, porque yo lo busco y le sonrío, porque en mi gesto lo agradezco, porque lo invito, me acepta y me respeta.

Siempre que cruzo la puerta lo hago queriendo que me quieran, soy positiva, tal y como me dijo mi madre en su día, sigo a raja tabla la consigna “no se le niega el saludo a nadie” y sonrío !Sonrío porque salgo de mi casa para comer, beber y reír! Y si le puedo alegrar el día a alguien y alguien me lo puede alegrar a mí. ¡Ole el camarero ¡ que yo repito restaurante.

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