Una cuchara a las 3, un pequeño tenedor a las 9 y el plato a las 12

Toda vez que me puse el antifaz y lo escuché por primera vez supe que hice bien. Y tanto. A punto estuve de cancelar y verme un bodrio en La Sexta entre el Racing y el Español. Bah, esa falacia de declinar tus responsabilidades en hacer ciudad pensando que la city no lo percibirá. Tanto le das, poco mimo, cero amor, tanto figurará. Arrecife es lo que es: Una ciudad sin vida ensimismada y encantada de haberse conocido. Qué te cuento que tú no sepas: ¿Cuántos llorones actuales que hicieron su agosto sin saber hilar la o con un canuto echan la culpa de sus desdichas al “todo incluido” de los hoteles? Arrecife, mi ciudad, es lo que es por actitudes como la mía.

Sin embargo, él habló. Meloso, sugerente e informativo. Guiando a los comensales que a ciegas se devanaban los sesos mientras degustaban plato tras plato para ver quién era el más listo de la clase. Una cuchara a las 12, un tenedorcito a las 9 y en el centro de esa bandeja está el bocado. La copa a la 01:20. Primero tomen una porción. Acompañen con el caldo. Paciencia.
Sonaba de maravilla aquella cadencia. Cada palabra medida y pronunciada en el momento exacto. Ninguna cantamañanada. Profesionalidad. Pero al mismo tiempo sonaba placentero. Escuchabas a las claras qué es el placer por servir. Por servir bien, entiéndanme. ¿Qué es servir bien? Hablo con él, un par de años después: Natural, sin rigideces ni estridencias, sentido común, amor por servir. Tan simple suena, que parece sencillo llevarlo a la práctica. No obstante los artificios terminan por revelarse como tales, tarde o temprano. Aquí la clave, en el caso que nos ocupa, está en esa naturalidad. De él y de ella. Hablando de ella. Ahora mismo no recuerdo si participó en el servicio de aquella cena con antifaz mediante. Qué duda cabe que el antifaz tiene culpa de ello. Sin él (el antifaz), ¿cómo no iba a recordarla?
Las primeras respuestas, cada una más desatinada que la anterior, nos pusieron las pilas para las siguientes. ¿Cómo te va a saber a papa una batata? ¿Pero qué clase de malgusto es éste que tengo educado? Obviamente no recuerdo el guiso exacto, pero nos quedamos a mil kilómetros de distancia.

Él siguió a lo suyo. Marcando el ritmo. Y las pausas. Ah, las pausas. Más allá de las risas sobre nuestra ignorancia sobresalía la querencia por medir el gusto nuevamente. Ahí viene, en el momento exacto, invitándonos a colocarnos nuevamente el complemento cegador. Señores, cuidado que el plato quema un poco. Tienen a su derecha, a las 3, una cucharita; y a las 9, un tenedor. Pinchen y luego procedan a tomar una porción con la cuchara. El vino, como siempre, a su derecha, a eso de la 01:00.

Fuimos mejorando, aunque algún disparate extravagante surgió tras sus consultas. Por muy disparatado, ninguna risita del servicio. Ya ven, no sólo hay que ser honrado, también parecerlo. Y después la solución con tranquilidad y mucha claridad para pasmo nuestro. ¿Para qué enredarles más con las otras degustaciones y sus vinos?

Salí aquél sábado de aquél restaurante arrecifeño, que se llama Lilium, pensando en lo bien que me sentía. Una cosa bien hecha. Jodidamente bien hecha y redonda. Frente aquellas sensaciones, la típica reacción. Repetiré con diferentes grupos de mis gentes de cuando en cuando. Han pasado exactamente tres años y huelga decir que no he repetido.

Seguro que la culpa es de Arrecife. Bromas aparte, siempre que tropiezo con ellos, con Orlando y Sandra, allí en Lilium, ese rincón con elegancia que miro y me dice pasa, entra, me pregunto qué habrá que hacer para que esta ciudad se erija en ciudad y deje de ser un pueblito.

Manuel Hernández Betancort.

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